Durísima corrida de Saltillo en San Isidro

José Carlos Venegas, en un momento de apuro con el peligroso tercero, con el que oyó los tres avisos - Paloma Aguilar
Desastre ganadero total: una corrida de Saltillo/Moreno Silva durísima, complicada, muy peligrosa. Sería muy fácil hablar del circo romano, de toros que parecen sacados de las terribles capeas que denostaba Eugenio Noel, de morlacos propios de fines del siglo XIX o comienzos del XX... y malos. Muchas tardes me quejo de los toros flojos, descastados, bobalicones, sin emoción. Ése es el pan nuestro de cada día, por desgracia, pero tampoco queremos irnos al extremo opuesto, con dos toros, tercero y cuarto, prácticamente ilidiables. Aunque Alberto Aguilar ha escuchado dos avisos y Venegas ha visto volver al corral al tercero, los tres diestros han estado dignos. (No se puede decir lo mismo de algunos picadores). Y el banderillero David Adalid ha puesto al público de pie, con su gallardía.
Retrocedamos un poco: el nombre mítico Saltillo designa a uno de los encastes originarios, la raíz de tantas ganaderías españolas y mexicanas. Los de esta tarde son de la formada, hace sólo tres años, por Joaquín Moreno Silva, que lidió aquí, el pasado 13 de septiembre, una gran corrida, en la que cortaron trofeos dos de estos matadores, Sánchez Vara y Venegas: se ganó el verse anunciado en San Isidro. ¿Por qué ha habido un cambio tan rotundo en el juego de los toros? La verdad, no lo sé. Se fijan algunos en el doble nombre con que se anuncia, Saltillo y Moreno de Silva: ¿obedece eso a una doble rama? Lo ignoro. En todo caso, le espera una dura tarea para remontar esto.

Alberto Aguilar, muy dispuesto a izquierdas- Paloma Aguilar
Detallemos un poco. El alcarreño Sánchez Vara celebró el año pasado sus quince años de alternativa matando con éxito nada menos que seis toros de Palha, conoce bien el oficio. Al primero le pican muy mal, cerrándole en tablas (la mala lidia empeora el comportamiento de varios de estos toros pero no es su única causa). Embiste sin fijeza, dormido, con la cara a media altura, se desentiende. El diestro está correcto y logra ligar algún derechazo templado. El cuarto frena y busca de salida, persigue a todos, no tiene ni una embestida. No consiguen picarlo y se le condena a banderillas negras (algo que no sucedía en esta Plaza desde hace casi diez años); se la juega Raúl Ramírez, para colocárselas. Única pega a Sánchez Vara: debía haber comenzado ya con la espada de verdad. Sortea las embestidas y lo caza con habilidad. En su larga carrera, pocas veces habrá toreado un toro semejante.
Vuelve a esta Plaza Alberto Aguilar, dos días después de cortar una oreja a un bravísimo toro de Baltasar Ibán. En el segundo, otra desastrosa suerte de varas levanta la justa bronca. Este toro embiste con cierta clase, aunque no repite, y Alberto logra algunos buenos naturales (por la derecha, no se deja dar ni un muletazo). Pincha y recibe el segundo aviso cuando el toro dobla. El quinto persigue en banderillas, pega arreones. El diestro se pelea con él, mostrando oficio, valor y habilidad: hemos vuelto a la época de Vicente Pastor.
Al jiennense José Carlos Venegas le toca el tercero, una «prenda», que se queda sin picar, embiste como un huracán. Con inteligencia, aprovecha los viajes por la izquierda –el lado potable– pero no logra matarlo. El último no es tan malo pero prueba, derrota, vuelve rápido. Todavía le saca algunos muletazos con notable estilo.
La mejor noticia –la única buena–: los tres diestros han salido de la Plaza por su pie.

El manso cuarto, infumable, fue condenado a banderillas negras- Paloma Aguilar
Saltillo: una infumable y montaraz moruchada de talanqueras

¡Ay, las varas de medir! Tanta exigencia para algunos y ninguna para otros. Saltaban los saltillos famélicos al ruedo de Madrid y nadie decía nada. Del desmedido celo por la báscula que ha normalizado el toro de 600 kilos en este San Isidro a transigir con las tablas de planchar de Moreno Silva. Ni una cosa ni la otra. El criterio de la báscula priorizado sobre el criterio del trapío; este martes ni báscula ni trapío. A Millorquito, Mandarín y Luvino daban ganas de tirarles un bocadillo. Animalitos. No pasa nada. Acuérdense de esta corrida, señores veterinarios, cuando se les ponga el filtro inflexible con las novilladas. A los picadores el "7", tan calladito, les montaba la escandelera porque picaban malamente. ¡Coño, si no encontraban lomo donde picar!
Luvino, hijo de Luvina, que ni al pelo, oye, para ser sardina, se quedó sin picar con su carita abecerrada coronada por sus puntas. De caballo a caballo y ni modo. Así que en banderillas corría como un galgo. David Adalid le ganó la cara y reunió dos pares en todo lo alto celebrados como la resurrección de Magritas.
El tal Luvino traía una mezcla de mansedumbre y genio. Si lo escriben con be, se sale. La imagen de todo aquello era como viajar a las plazas de talanqueras con ganado de medio pelo. El nervudo bicho se hacía un imposible. Casi se lleva puesto a José Carlos Venegas en un par de coladas descompuestas. Apenas pudo robarle en su huida por las tablas del sol un puñadito de pases sueltos aquí y allá. Una prenda que pasaba como una bala a la altura de la barriga. A Venegas, por cumplir al modo moderno, en lugar de doblarse, machetearlo y darle matarile, le pasó factura: con media estocada tendida el toro se armó, se tapó la muerte y se puso en modo arreón. El chaval perdió un tiempo de oro merodeando al cárdeno en lugar de volverse a tirar con premura. La luz se encendió cuando ya era tarde. Y finalmente cayeron los tres avisos con otra estocada ya dentro pero igual de inocua. Luvino se complicó hasta para Florito. Al chaval lo ovacionaron para insuflarle ánimos.
El espectáculo de cuarta no acabó ahí. Cazarrata salió a continuación con su estampa del XIX como si estuviera toreado. Lo que cazaba eran moscas con el rabo. De una mansedumbre agresiva y montaraz, provocó la condena a banderillas negras. No había quien se pusiera delante. Atacaba al cuerpo como un tigre. Los hombres de plata salvaron el campo de minas entre explosiones. Un trago. A le gente le daba risa. Ya ves. A Vara solo le salvó el oficio de mil pueblos. Ni caso a la muleta. Pronto la espada y, salvada la última oleada al pecho, la estocada.

El cuarto de Saltillo fue castigado con banderillas negras. ANTONIO HEREDIA
Al Millorquito anterior de Sánchez Vara se le contaban las costillas literalmente. No humilló, se escupió del peto, se movió distraído. Mil capotazos y otra bronca al piquero en repetidas entradas. La cara siempre por encima del palillo de la muleta del desencelado animal. El oficio curtido de Vara sirvió para matarlo con brevedad.
Otra bronca para Francisco Javier Sánchez, que el hombre no encontraba carne donde hundir la puya. A todo el mundo un rapapolvo menos a la mierda que había presentado el ganadero. Alberto Aguilar se puso por la izquierda, el único camino abordable. Descolgaba un poquito al inicio del muletazo y el resto del tramo lo hacía sin descolgar pero también sin maldad. Aguilar incluso se entretuvo demasiado antes de perderse con la espada.
Se emplazó el quinto en medio de la involución atávica. Al menos éste se había comido el pienso de sus hermanos... El picador tuvo donde agarrarse. Alberto le echó valor con aquellas oleadas. Lo llevó tapado a su altura y a la velocidad de sus muchos pies. Desprendía la emotividad de lo incierto cuando el saltillo escarbaba con la cara entre las manos antes de atacar cada serie. Lo cazó al segundo intento con la espada y todavía fue duro para morir.
La tarde tocaba a su fin. Derribó el último en el caballo por accidente. Y luego hizo sonar el estribo y las puñaladas de sus pitones pasaban por la quijada del equino. Genio una vez más. Y arrancadas descompuestas. Por el palillo de nuevo. Venegas lo solventó por la derecha y por la izquierda aún se tragó algún zarpazo. Al tercer envite se lo quitó del medio.
Fieras corrupias. Feroces sabandijas. Mañana todavía alguno hablará de casta. Un salto en el tiempo. Una vergüenza de plaza.
Fuente: http://www.elmundo.es/cultura/2016/05/31/574de722e5fdea506f8b45fb.html
La envenedadora de Vallecas intenta asesinar a su suegra

Lugar del suceso, en la calle de Perelada, en Puente de Vallecas - MAYA BALANYA
Una vecina de Puente de Vallecas urdió un plan casi perfecto para acabar con la vida de la persona que más odia: su suegra. La pronta intervención de los servicios de emergencias y de la Policía Nacional evitó la tragedia. Que la septuagenaria y, además, sus propios hijos menores fallecieran por el envenenamiento causado por los vapores tóxicos de una mezcla ideada para matar.
El rocambolesco suceso ocurrió el lunes, en el número 8 de la calle de Perelada. Sobre la hora de comer, Nadia B., marroquí de 46 años, se enfrascó en una discusión con su suegra, Fátima A. A., de 70. Esta también es de origen magrebí, pero con nacionalidad española.
Según relató horas después la víctima, ya de noche, sobre las nueve y media, «como represalia», Nadia mezcló en un cubo dos botellas de lejía y otras dos de amoniaco. Y se puso a fregar el piso; pero cuando llegó a la habitación de Fátima, echó la mezcla en el suelo y empezó a esparcirla violentamente con la fregona.
La emanación de los vapores por toda la vivienda familiar fue rapidísima. La septuagenaria empezó a inhalarlos y a quedarse dormida. Se ahogaba. Sabía que literalmente se estaba muriendo y consiguió dar la voz de alarma. Los sanitarios y luego la Policía se presentaron en la vivienda, donde también hallaron afectados a los dos hijos de la presunta homicida, de 15 y 9 años. Tenían los ojos rojos y problemas de respiración, indicaron a ABC fuentes de la investigación. Los propios agentes de la comisaría de Puente de Vallecas sentían la quemazón en su organismo.
Se resistió al arresto
Nadia se resistía a salir de la vivienda e incluso a dejar marchar a sus pequeños, hasta que fue reducida y detenida, acusada de homicidio en grado de tentativa.
El marido de la sospechosa, padre de los menores e hijo de la principal víctima fue avisado por los funcionarios, y los chiquillos quedaron a su cargo. En cuanto a Fátima, fue trasladada, inicialmente en estado grave, hasta el Hospital de La Paz.
Ramiro Moyano se decide por la Vibor-A King Cobra

Ramiro Moyano
El número 13 del ranking del World Padel Tour, Ramiro Moyano, ha decidido cambiar su instrumento de juego y ha apostado por la King Cobra. Hasta ahora, el jugador argentino había jugado con la Yarara Edition 2016, también de Víbor-A, al igual que su compañero de juego, el también argentino Maxi Grabiel; pero, según palabras del propio Ramiro, a partir del Open de las Rozas cambiará de pala.
Y es que la King Cobra es la pala más potente de la colección, el elemento estrella de la marca. De hecho, Moyano comienza su vídeo explicando que "potencia era lo que estaba buscando". Además, el jugador declara que "tras varias pruebas me di cuenta de que es una pala con mucha pegada y precisión y hace que mi juego tenga un equilibrio redondo".
Ivan Rakitic, otro enamorado del pádel

Ivan Rakitic
Según hemos podido saber a través de su cuenta de Instagram, el futbolista del FC Barcelona, Ivan Rakitic, es un apasionado del pádel y, antes de marcharse a Croacia con su selección, apuró los últimos días en Barcelona para jugar un partido.
Parece que, según el comentario del propio jugador, se le da mejor el fútbol que el pádel, pues no resultó campeón en el enfrentamiento. Con su ironía, demostró que aún necesita mejorar, pues declaró: "Partidazo hoy jajaja, casi ganamos compi".
Cada vez más futbolistas se aficionan al pádel ya que, hace unos días y gracias a World Padel Tour, los aficionados al pádel pudimos vivir el duelo entre el Atlético de Madrid y el Real Madrid de la Champions League de manera anticipada ya que el circuito profesional conseguía reunir a ex futbolistas de ambos equipos, como Kiko, Luis Milla, Rubén De la Red, Bernd Schuster, Roberto Fresnedoso, y Angel Mejías para que participasen en varios partidos de exibición.
Una buena noticia para todos que cada vez más gente se aficione a este deporte, pues poco a poco adquiere mayor difusión y repercusión mediática a través, en este caso, de un futbolista de primer nivel.